La Coctelera

11 de junio

 

No me fui con alegría porque te extrañé, quizás tanto como vos a mí. No fue mi decisión pero la asumí sabiendo que nos encontraremos algún día y vamos a recuperar tanto tiempo perdido y a decirnos las palabras que mal supimos callarnos.

Yo estoy aquí, en un lugar de paz, donde te reservo un espacio muy cerca de mí, y del que no te puedo hablar porque no hay palabras terrenales para describirlas, ni aún sumando todos los calificativos que se me ocurran. Sí puedo contarte que sigo tal como me viste la última vez, como me sueñas, porque se que me sueñas, como me recuerdas en esas tardes de sol radiante que reflejaba en mis cabellos y le daban brillo a tus ojos. Ahora que tanto se como me querías, puedo decirte que también te quise y nunca se me ocurrió hablarte de ello.

Hoy que no tengo el apuro de los relojes, me sobra el tiempo para explicarte que estás en mi corazón, que mi intuición de mujer me decía que me mirabas de manera especial y que sentía orgullo de que alguien así me dedique tantas horas de sus días sólo para pensar en mi, para protegerme, para estar mas cerca mío. Por eso decido guardarte un lugarcito junto a mí, aquí en la eternidad ya que no me pude despedir.

Te pido que sigas viviendo feliz y festejando mi cumpleaños, aunque yo no esté, como hoy, que ya tendría 39, porque acordándote de mí tendré el mejor homenaje que me puedan hacer


 

SOCIEDAD ANÓNIMA S.A.

Voy con pocas expectativas a tu encuentro; siento que estas interesada en esta nueva empresa pero tengo el miedo de las cosas nuevas. Es que te propongo embarcarnos en un proyecto que solo tiene el fin de explorar nuestros corazones. A veces creo que todo va rápido y no me equivoco. Aceptas todas mis ofertas, sin excusas y subes la apuesta. Me gusta, ¿sabes? Me gustas vos. Me gusta como sos. Me gustan tus labios, tu boca toda. Me gustan tus manos, tu olor, tu color, tu piel. Todo. Absolutamente todo. Te maquillas para mí improvisando un espejo con lo primero que se te ocurre. Eso también me gusta.

Me quedé con el sabor tierno de tu beso jóven, el único que te robé. Sabor amargo de despedida y dulce de ser el primero, de mariposas en la panza, ese de arrancarte con temor de que me dijeras que no. El que deja restos en mi retina y repaso una y otra vez en mi cabeza y en silencio, solo para sentirte cerca mió.

Escucho de pronto una canción, creo que dice… ”Ámame”. La escucho una vez mas, y otra. Y otra más. Es que me recuerda a vos. Y te imagino. Y casi te veo. Te imagino cantándola pensando en mí. En los dos. En uno solo.

Esta sociedad anónima, deberá permanecer así. Al menos por ahora, aunque confieso que me gustaría gritarle al mundo que te quiero.

ANTES DE LA MEDIANOCHE

'Antes de la medianoche me habré ido, casi sin dejar rastros de mi presencia, como un temporal dejaré ruinas en tu corazón, pero será leve, sólo durará un tiempo, luego puedes recoger los restos que quedan de tí y volver a rearmar lo que quedó, si es que algo quedó, y en poco tiempo sentirás que sólo es un recuerdo entre sombras y que apenas como un esbozo puedes recuperar algunas imágenes…'

'… apenas podrás visualizar mi rostro, y entre risas y lágrimas dirás mi nombre, que se escapará por un túnel como un eco de letras, verás que todo pasa, verás qué fácil que es volver a ser quien fuiste alguna vez, y recuperarás tus deseos de volar, tus noches de insomnio y tus horas de hastío, sin tener que llevarme a cuestas, y sentirás nuevamente la maravillosa sensación que te da la libertad'.

'¿Por qué te fuiste en silencio? No pude ni siquiera sostenerte, no pude oponerme, no pude gritar ni llorar, ni siquiera mostrame inconforme con tu decisión, no tuve ninguna opción. No pude decir la última palabra, no me miraste a los ojos, no me pudiste enfrentar, quizás porque no podías contener tus lágrimas. Me quede con tu adiós en una hoja de papel y con la sensación de no poder luchar'.

¿Hacen falta más palabras? Siempre queda algo por decir o hacer cuando uno no está de acuerdo con la decisión del otro, cuando no es concensuado el final, siempre uno se siente 'el perdedor'.

¿Cómo retener, sirve retener lo que se ha perdido? Quizás en nuestra ilusión siempre pudimos hacer algo para evitar la pérdida, si hubiésemos prometido más de lo que prometimos. ¿Si hubiésemos reconocido todas las culpas? ¿Si hubiésemos pataleado? ¿Si nos hubiésemos puesto de frente a la puerta de salida y evitado que la traspase? Siempre creemos que no hicimos todo lo posible, que hubiésemos tenido alguna posibilidad si hubiésemos hecho algo que no hicimos, y esta sensación nos inunda de culpa, y nos hace sentir aún peor, porque creemos que nunca todo lo que hicimos es suficiente, porque nos gusta sentirnos en falta y porque no toleramos las pérdidas ni la frustración.

Las batallas perdidas sin que lo sepamos nos aproximan a batallas que pueden ser ganadas, sobre todo si podemos recuperarnos o encontramos las herramientas para hacerlo. Quizás podemos descubrir nuestras verdaderas pérdidas, aquellas que se relacionan con la falta de autoestima y valorización.

Si no somos elegidos o si somos dejados, si deciden o eligen otro camino diferente al nuestro, o si no sienten pena por no tenernos cerca… ¿Por qué no analizamos esa situación como un beneficio, como una ganancia, como una lección, como alguien que nos abrió la puerta hacia la libertad?

Pero sin poder renunciar definitivamente nos seguimos sintiendo presas de quien ya no está y no queremos ni aceptamos lo que se suscitó, no queremos renunciar, ni perder nada.
Antes de la medianoche me habré ido para siempre de tu vida y me llevaré todos los recuerdos y las expectativas, sellaré un final y un nuevo comienzo para los dos, sepamos aceptar la decisión, porque eso habla de adultez, sepamos que hay cosas que siguen impresas en nuestro corazón y no pueden ser barridas y quizás el tiempo o el encuentro de alguien que aparezca de pronto sin buscarlo, sin llamarlo ni esperarlo pueda aliviar lo vivido esta noche y calmar el dolor provocado.

Antes de que den las doce empezará una nueva historia, cambiarán los protagonistas y los roles, ahora me iré para continuar la mía y te dejaré continuar la tuya, espero que escribas tu historia sin rencores ni culpas, y que sepas elegir el desarrollo de la misma. No pretendas continuar tu historia con sucesos de la nuestra, ni corregirlos en la nueva, intenta crear una historia nueva y sana.

MAS DE MI...

Monitoreo mi cuerpo... Quizás un cosquilleo, un algo alerta, La simple desazón de lo sentido. Hay un desasosiego Que irrumpe sin razones ni motivo; Sólo sé que me envuelve en una crisis, Corazón y cabeza confundidos. Quiero salir de esto... Y el esfuerzo me ahonda, lo respiro, Tengo la sensación de que me muero Y que un apoyo fuerte necesito. Supero el desamparo, De pronto todo pasa como vino Y al gozo de escapar lo tiñe el miedo De tener otra vez ese estallido.

Tiempo al tiempo

N

o habremos hablado más de diez veces, exagerando mucho y siento que tengo ganas de comunicarme con vos. Estas formas nuevas de estar en contacto son poco ortodoxas para otros tiempos, pero la gente de hoy en día ya no se sorprende tanto cuando se entera de alguien conociendo gente por Internet. Me parece un medio maravilloso, sobre todo porque estás ahí, siempre. No se como haces, pero estás presente.

Imaginaba poder llamarte y conocer tu voz, pero no me animo. Quería verte, pasar a conocerte, pero no, tampoco. Creo que no me tengo que apurar. Las cosas se dan solas, con el tiempo. Hay que aprender a darle tiempo al tiempo, sobre todo yo, que me siento acorralado por la ansiedad. Voy a saber esperar para conocerte, aunque, confieso, que me siento tentado a ganarle al reloj.

¿Cómo hago ahora para escribir algo sobre vos, si ni siquiera te conozco? ¿Por qué me esfuerzo en sacar ideas de mi cabeza de alguien que no se cómo es? La respuesta es esa, tal vez sea una señal el que no me conozcas y no te conozca. De esa manera hay una pizca de fantasía, una razón por la cual estar conectado a la red, para saber de vos y de alguna manera estar preparado para cuando te vea a la cara. No. No es la primera vez que me siento tan bien hablando con alguien, pero no recuerdo cuando fue la última vez. Debe ser por lo mismo de no conocerte el que logre que te cuente de mi vida y vos de la tuya, porque no creo poder sentarme con alguien que conozca y de buenas a primera decirle lo que me pasa, mis anhelos y mis decisiones. Pienso que te debe ocurrir lo mismo; esto todo es un misterio, porque pienso que piensas lo mismo y quizás no ocurra así. ¿Y si fuera cierto que a los dos nos sucede igual?

Hay algo real que sí me pasa, necesito estar comunicado con vos, saber como te fue el día o que me cuentes algo, como si fuera a solucionarte la vida desde mi lugar. Ya se me hizo costumbre encontrarte en mi camino de todos los días y contarte cosas de mí. Otra vez lo mismo, ¿que pensarás de mi? Yo creo que vos sos una chica sencilla, humilde y de perfil bajo, parece que te conformas con mucho amor y no necesitas que te deslumbren. Aunque sos muy joven, pisas muy fuerte donde estás y dejas la marca. Eso es personalidad.

Ahora te dejo que leas sola, me conecto a ver si te encuentro. Besos.

QUIERO LAS COSAS COMO ANTES


Hoy volví a aquel viejo negocio oscuro y húmedo donde encontré lo que buscaba para vos. Hasta ese lugar ha cambiado tanto que me pareció irreconocible; de todas formas, sigue allí irremediablemente. Nadie me preguntó como debía ser, como tenía que lucir, que cambios le haría, de que color lo pintaría; cambió sin más remedio y me sorprendió tanto que dejó una sensación de vacío en mi pecho. Hondo, muy hondo. Ahora veo las paredes de blanco, luces modernas y todo rincón iluminado, hay muebles de madera nueva, una alfombra bordó que combina con las cortinas y una joven que consulta los precios en su computadora.

Yo no pertenezco a ese mundo, me gusta pero no es para mí; yo quería encontrarme con la señora que me recomendó aquel regalo que te compré, quería esa mujer en el negocio que con solo mirarme podía entenderme y buscar un enorme papel dorado, brillante, casi con luz propia para envolver mi obsequio. Quería pasar por esa esquina y recordarte. Quiero que todo sea como antes.

Porque ya no son como antes, por cuestiones de marketing ahora te lo ponen en una bolsita con el nombre de la empresa y casi se puede adivinar lo que estas regalando, se terminó la fantasía de la sorpresa.

Hoy es otra vez el último día de verano, mañana empieza el otoño y las hojas van a perder sus hojas, todas de una vez, mañana empezaré a sufrir por amor y a llorar hasta secar mis ojos. Me gustaba el otoño de antes cuando también hacía frío. Mañana quizás te llame si tengo las agallas, o te encuentre a la vuelta de la esquina y de repente me meta en un lío terrible al no saber cómo reaccionar y te salude tímidamente para que al fin no me contestes. Mientras tanto hoy me acuerdo de vos, de tu regalo que me devolviste con el papel arrugado y la tarjeta que nunca entendiste. Esa que no decía más que te quiero.

SIEMPRE EN MI MENTE

Ella es una mujer fantástica.

La tengo todo el tiempo en la mente.

Es un sueño hecho realidad.

Es egocéntrica, es bella. Le digo que pocas veces la mujer que admiro es una mujer que me gusta. Ella hace un gesto de no creerme. Como sea, ella y yo salimos un tiempo. La idea de ella, despierta mi lujuria. Una vez se lo digo y se echa a reír como si le hubiera hecho un chiste. Me deja sin aliento en la cama: es el paraíso o lo parece bastante. Después llora, llora mucho. No es que lo haga después del sexo, sino que sufre. Tiene muchos problemas. Es una persona frágil. Al principio, me llena de orgullo: que me muestre a mí, su debilidad. Me hace sentir hombre; dice que le duele el pecho por amor a mí. Está dolorida. Yo antes leía sobre ella en los diarios. Parecía una persona sabia, segura. Ya se sabe que los periodistas ponen cualquier cosa. Estando con ella me digo que es fácil amarla; se lo digo a ella, que me pide paciencia y amor. Lo hace con una voz que parece que está comprando maní con chocolate en el cine. Cuando le agarra la sospecha de que no la quiero, de que salgo con otra mujer, se deprime. Yo conozco muchas mujeres, estuve con muchas. Se lo digo, que soy un experto en mujeres. Podría tener la que quisiera, pero sólo ella me conmueve. Quiero que entienda esto, pero creo que no puede.

Dice que su autoestima es cero.

Pero es una ególatra.

Es imposible no darse cuenta.

La ayudo, le indico qué cosas tiene que hacer en su trabajo, con su plata, para estar mejor. Quiero protegerla, me gusta estar con ella. Cada tanto me asalta un pensamiento: ¿cómo sería mi vida con ella? Puedo ver una vida posible alrededor nuestro, cosas que haríamos, viajes, lugares que podríamos visitar. El mar, me gusta mucho el mar. Se le parece. La tengo todo el tiempo aquí, en mi cabeza.

Es una mujer maravillosa.

La realidad es que trabajo mucho, muchas horas, y mis horarios son un caos. Por eso a veces no cumplo con las citas y ella no se enoja cuando falto, cuando no voy. Siempre que le avise, no importa que desarme un programa, dice. Porque ella aprovecha ese tiempo para hacer otras cosas, dice. Sus cosas, leer o algo así. Ver películas. Mira muchas películas; es porque está sola por las noches. Una vez la llamo muy tarde, cancelo la cita y me quedo con culpa, así que la llamo cerca de la medianoche. Ella no atiende el teléfono. Alguna que otra vez, cuando atiende, la música está muy fuerte en su casa; a lo mejor hay alguien con ella. Dice que es un poco sorda y por eso la oye tan fuerte; los vecinos no se quejan.

Esa mujer está ensimismada.

Eso no es bueno.

La semana que se agarra gripe le digo qué tiene que hacer; ir al médico, no conformarse con tisanas, con aspirinas. Le digo que no vaya al dispensario, sino al hospital. Tiene que tener un médico de cabecera, no cualquier doctorcito que la atienda en la guardia. Una mujer como ella. Tiene fiebre, no tiene un servicio de médico a domicilio, no quiere salir de la casa, me dice en el teléfono. Por la gripe, pero yo creo que es misántropa. Llora o a lo mejor tiene la voz tomada, nada más, no me doy cuenta en la comunicación. Le digo que salga igual, que se tome un taxi y vaya directo al hospital. No tiene quién le haga una sopa. Me apena; igual yo no puedo ir porque paso el fin de semana con mis hijas, afuera. Se los prometí, no puedo clavarlas de buenas a primeras y si les digo que es por atender a una mujer que me gusta, me arman un escándalo y se le quejan a la madre. Mis hijas no soportan la idea de que salga con otra mujer. Hace poco que me separé de mi esposa y digan lo digan, los hijos quieren que los padres estén juntos, sobre todo en un matrimonio que anda bien, donde no hay peleas.

Le digo a ella que no puedo seguir viéndola.

Así que me pasa que la extraño; estoy triste todo el tiempo sin ella, y cuando ella está porque nos cruzamos en algún lugar, me voy. Ella sonríe, no sé cuánto le afecta. Hace notar que yo no hago falta en su mundo, pero no sé si es así.

Como sea, vivo llamándola.

Me atiende, ríe.

Le digo de vernos.

Ella dice que sí, todas las veces.

No sé cómo hace para arreglárselas y poder: tiene una vida complicada también.

Pero después yo no puedo.

Algo pasa y no puedo.

Ella también me extraña, dice.

No llama, no me busca.

Me quiere, dice siempre.

Es una mujer extrañísima.

Parece que ella no me necesita.

No estoy seguro de eso; creo que es una estrategia.

No sé bien para qué.

Al final, la invito un fin de semana afuera.

La tengo acá adentro, entre sien y sien. No puedo quitármela de la cabeza.

Ella es como una obsesión.

Acepta venir. Suena contenta.

Pero después me manda un mensaje al celular y me dice que no puede.

Estoy manejando cuando recibo el mensaje.

Situaciones así tendrían que estar prohibidas.

Puedo matarme en un accidente.

Por ella, por su negativa.

La llamo, varios días después.

Dice que no quiere saber más nada de mí.

No sé por qué, así de repente.

Ella es una mujer muy rara.

P.SUAREZ

No puedo quitarle los ojos de encima

Viene a trabajar con nosotros, la trae el coordinador. Es joven, tiene jeans ajustados y se ríe todo el tiempo. Dice que no toma alcohol, pero después toma. Frunce los ojos chiquitos cuando te mira. Al final le digo que la llevo hasta la parada de subte y la acerco muchas paradas más allá. La hubiera llevado hasta la puerta de su casa con tal de estar con ella, pero me avergüenzo. Qué linda mujer es, es lo único que pienso cuando la tengo arriba del auto. Voy a soñar con ella, me digo.

Como sea, al día siguiente la vida sigue.

Nos vemos a la otra semana, por el trabajo. No hablamos casi. La escucho hablar por teléfono con el ex marido; cuando corta se burla de él, me hace reír. Viene con el grupo, vamos a una iglesia, dos, a la tercera se cansa. No sé si le interesa lo que digo; a lo mejor le parezco un estúpido. Al cabo de un rato, se va con otra de las chicas. Dicen que están agotadas, que necesitan dormir. La encuentro por la tardecita, antes del bendito evento. Le pregunto si quiere tomar algo conmigo. Un café, dice. Necesito un café. Pero tomamos un whisky. Le pregunto cuánto hace que se separó; Hace bastante, dice. Le pregunto si recuperó el erotismo; se sonríe, hace que sí con la cabeza. Le digo que yo estoy en crisis, que no sé qué pasa. Mi mujer tampoco sabe, le digo. Pero estamos mal, hace mucho que estamos juntos y ahora nos aburrimos, de vez en cuando nos aburrimos. Cómo es posible, digo, que aquello que antes más te gustaba en el otro, sea ahora lo que más te irrita? Ella dice con naturalidad: tus fuerzas son tus debilidades. Hacemos nuestro trabajo, nos despedimos después en el aeropuerto, ella sube a un taxi sola, yo subo con otra mujer, la organizadora. Ella se va; durante un segundo cierro los ojos y pienso: Cuando los abra, ella va a estar saludando por la ventanilla. Los abro y ella no está. La organizadora pregunta:

-Te duele la cabeza? Debe ser por el resplandor, por las nubes.

-Seguro.

Pasan unos días. Ella me pregunta algo técnico por email, yo le contesto.

No me aguanto y la llamo.

Le digo que en el próximo viaje podemos salir a caminar. Hay un lindo río en la ciudad a la que vamos. Ella se ríe, dice que llevará zapatillas. Tiene un par, dice, y se ríe otra vez. Llegamos al aeropuerto a la madrugada; es ella la que me vé. Después nos juntamos con el grupo. Nos sentamos juntos en el avión, yo la invito con whisky. Ella acepta. Pierde un zapato debajo de un asiento y se pasa media hora en el suelo, buscándolo. No puedo dejar de mirar su cintura. Cuando lo encuentra me lo muestra como un trofeo. Su zapato de charol de taco alto. No se queda quieta un momento, vibra. Le pregunto si siempre es tan nerviosa. Ríe, deseo besarla en las comisuras de su boca.

En el hotel se aloja en la habitación de al lado, con la organizadora.

Está ahí, pienso yo, en la habitación de al lado. Y el corazón me palpita más fuerte.

Muy tarde, a la noche, la invito a mirar la ciudad desde la terraza del hotel. Hace demasiado frío para una ciudad tropical. Quiero tocarle el hombro, el muslo, la mejilla. No puedo dejar de pensar en eso, y ella no habla. Murmura muy bajo o asiente. Tiene frío, dice que tiene las piernas heladas. Pienso en cómo serán sus piernas debajo de las medias que usa. La curva de la pantorrilla, el muslo, la entrepierna.

Le digo que mejor subamos. Ella se va a su habitación y yo a la mía.

Me arrepiento por no haberle dado calor; me voy a ir al infierno por esto.

Entiendo a los ladrones de cuadros. Un tipo que todos los días mira un cuadro, una obra de arte en un museo, el portero, por ejemplo, quiere tenerla. Tenerla para él, y se la roba.

Por la mañana, vuelvo a verla. Desayunamos, salimos con el grupo de compras. Acaba por perdérseme de vista. Esta ciudad está maldita, pienso. Hace frío cuando debería hacer calor, llueve cuando nunca llueve, ella se me pierde de vista aun cuando no puedo sacarle la vista de encima ni un minuto.

La veo en el almuerzo, le sirvo vino.

La sigo aquí, allá. Me pregunto si siempre es así de nerviosa, si siempre está moviéndose.

Quiere ir a un lugar y está cerrado.

Le pido que venga a mi habitación.

Viene. Extrañamente viene. No opone resistencia. Entra riéndose, preguntándo si hay más whisky. Hay, por supuesto que hay. Le digo que se tire en la cama de espaldas. No, dice ella. Pero por fortuna lo hace. La toco. Su cuello, la cintura, la cadera. El pelo, su pelo. Mientras la toco me cuenta de otra cosa, la fiesta en la que estuvimos la otra vez. Yo le contesto y la sigo tocando. No voy a dejar de tocarla. Ella se vuelve, me besa en el centro de la palma de la mano. Así que la beso en la boca. Tengo miedo. Gracias a Dios ella no lo tiene. Hace una lista de las cosas que le gustan de mí. Así dice. Habla con palabras de nena, armando la frase como si fuera una nena. No lo hace adrede; está relajada, es eso. Vos también sos salvaje, le digo. Te bebés la vida a borbotones.

Me besa, me besa.

Como sea, yo quedo de espaldas y ella se pone encima mío.

En algún momento tendré que darme vuelta, digo.

Pero ahora no. No en este momento.

Cuando me dé vuelta todo va a suceder como algo soñado.

Después, habrá que despertarse.


GRACIAS P. SUAREZ